El Nacimiento Del Tequeño como Pasapalo Venezolano

Corría el  año  1922 del siglo pasado en Venezuela, se vivía una atmósfera de tranquilidad aparente (una férrea lucha contra la dictadura se estaba gestando), mandaba en el país el general Juan Vicente Gómez, que desde el año 1908 ostentaba el poder.

Este personaje fue el que le dio el sentido de República al país al eliminar las disputas por el poder que eran frecuentes en Venezuela entre caudillos militares durante casi toda la existencia de la nación, desde su independencia, por supuesto con un excesivo uso de la fuerza y eliminando cualquier enemigo que a bien tuviera salir.

Más adelante en el tiempo, vendrían las protestas estudiantiles y políticas pidiendo la democracia.

Hago esta introducción para transmitir la vida plácida y tranquila que se vivía en Venezuela y sobre todo en el centro del país, que en sí misma era nueva para sus habitantes acostumbrados a guerras e inestabilidades políticas.

Esto facilitó a una generación la oportunidad de empezar a disfrutar de placeres mundanos, típicos de las ciudades de principios de siglo XX como fiestas, verbenas, teatros, sobre todo en  temporadas de vacaciones, se podía ir en tren a las playas y balnearios de La Guaira como el famoso Macuto.

También acudían a Los Teques, zona montañosa y de clima frío donde los caraqueños iban en cantidad en las épocas de verano huyendo del calor de la capital.

Es en esta ciudad donde nace un pasapalo que quedaría para siempre en la culinaria venezolana.

Acá su nacimiento entre datos históricos, fábulas y fantasías, necesarias éstas para que el cuento pase de boca en boca, como un pasapalo.

Cuando el Presidente Juan Vicente Gómez se iba de vacaciones, toda la clase social que pululaban alrededor de él (siempre queriendo estar cerca del poder) se movilizaba a ese sitio.

Así ocurrió en agosto de 1922. La pequeña ciudad de Los Teques salió de su acostumbrada tranquilidad para vivir el acontecimiento de las visitas de los personajes más importantes de Venezuela.

Políticos, empresarios, comerciantes, diplomáticos y demás connotados, se realizaban recepciones en las tardes y cenas en la noche, se paseaban caminando por las tardes.

Los vehículos ya eran parte del paisaje y acompañaban a estos los carruajes tirados de caballos, durante esas 3 o 4 semanas que de una casa a otra se movían este grupo, donde el invitado principal era el dictador,  hombre de  pocas palabras pero que disfrutaba de las atenciones recibidas.

Era un lunes de la segunda semana de estadía y, como se acostumbraba, todos permanecían reponiendo fuerzas en sus hoteles o casas.

En donde se hospedaba el Presidente, estaba una cocina donde los trabajadores de esta eran su personal de confianza, solo que en esta oportunidad se agregó a una joven muchacha que sustituía a otra cocinera que por asuntos personales no pudo subir a la cuidad de Los Teques, de nombre muy  francés,  Yvonne, descendiente de franceses llegados al final del siglo XIX, por eso su vocación a la cocina.

Eran un grupo de 5 personas que atendían las necesidades alimenticias de todos en el lugar.

Se servía la típica comida venezolana,  empezando con arepas de maíz pilado con ricos rellenos de quesos  frescos y suero, pasando por asado negro y arroz, terminando con un rico y dulce quesillo. La cena más frugal, si no había  fiestas, se resolvía con sopas, siempre estas acompañadas de arepa.

Yvonne se había ganado el respeto de sus compañeros de cocina al ser muy eficiente, además le gustaba variar sutilmente las preparaciones, cosa que fue reconocida por todos en el lugar, desde el Presidente hacia abajo.

Ese lunes después de la cena, Yvonne se quedó.

Mientras turnaban la guardia de la cocina, en esta oportunidad a ella le tocó y se estilaba esto por si  alguna persona quería  comer o pedir algo de beber, así, estos, pudiesen ser atendidos debidamente.

En la cocina, detrás de la alacena se encontraba la cama donde pernoctaba la persona de guardia.

Ella ya estaba acostada y dormía solo acompañada de la tenue luz de una lámpara de querosén, cuando escuchó que la llamaban

Despertándose de un brinco, se incorporó como pudo, tratando de identificar la voz que le solicitaba. Se puso su bata, salió al frente de la alacena y para su asombro era el mismísimo Presidente.

El con su acento andino se dirigió a ella, mientras Yvonne toda nerviosa, con sus manos se arreglaba el cabello y la bata:

—Buenas noches mija, disculpe usted la molestia, pero comí poco en la cena y me gustaría comer algo y si fuera caliente mucho mejor ya que el frío lo siento más que de costumbre.

¡Claro su excelencia! —le contestó Yvonne mientras pensaba que podía preparar rápido.

Pensó en una sopa bien cocinada en las hornillas de querosén o en la estufa a leña que mantenía aún una pequeña brasa, que pudo ver de reojo mientras le hablaba el general—. Ya le preparo algo.

Qué bien, disculpe la molestia, me avisa con mi mayordomo Víctor —dando la vuelta dio las gracias, pero ya a punto de salir de la cocina él gira de nuevo viendo a Yvonne que empezaba a moverse y le dice—. Que no sea la sopita de siempre que ya estoy medio cansadito de eso, le agradezco. —y seguidamente salió por la puerta, seguido de Víctor que seguro al rato volvería, a buscar la comida elaborada por ella.

Ella que se había detenido cuando el presidente le habló por segunda vez, seguía estática.

Pensaba en qué podía cocinar, que no fuera sopa, estuviera caliente, rápido y por supuesto le gustara.

Acá es importante detenerse y resaltar que en esa época no existían aun las neveras en Venezuela. Las primera llegarían en 1924 (de la marca Frigidaire) por lo que no había forma de conservar alimentos más allá de la salazón y el curado de piezas.

Ella se encontraba con ese obstáculo, hoy en día sería muy sencillo complacer esa petición, al tener variedad de alimentos conservados en neveras y refrigeradores; volviendo al año 1922, entonces buscó que tenía a la mano, ella había pedido  harina de trigo que recién le había llegado el viernes pasado y no  la usaba aún, queso blanco duro, chorizos, morcillas, huevos, azúcar, sal, pimienta…

A medida que revisaba tomaba los ingredientes disponibles y los colocaba en el mesón de la cocina.

De pronto se detuvo, miró fijamente el mesón y empezó a descartar, comenzó por la morcilla y el chorizo por ser pesado a esa hora de la noche.

«Son como las 12:00 pensó ella», se quedó con la harina el queso los huevos, el azúcar y la sal, de pronto se acordó de una preparación que hacía su padre la cual no se acordaba el nombre, pero ella podría hacer una variación, se dirigió a la cocina de querosén y la prendió, agarró un caldero, le puso manteca de cerdo para que fuera fundiéndose, en un tazón colocó la harina y una pizca de sal.

En eso se detuvo, cortó un poco el queso, le supo más salado que en la mañana, a pesar de tenerlo cubierto con paños y estar en un clima frío y bien apartado del calor de la cocina, se puso más intenso de sabor, en consecuencia le agrego azúcar a la harina de trigo,  le colocó huevos y agua, empezó amasar, luego estiró y cortó tiras largas de esta.

El caldero no era grande, más bien era pequeño, lo escogió así para que la manteca de cerdo estuviera caliente más rápido, por lo  cual no podía hacer una pieza larga como se había imaginado cuando cortaba la  masa, entonces agarró el queso y lo cortó en tiras de unos 3 o 4 centímetros de gruesas, las envolvió  en forma de espiral con las tiras de masa, sin dejar descubierto al  queso,  los llevó al caldero que ya estaba en el punto ideal de calor para freír, los cocinó hasta que estuvieran dorados, los colocó en un paño para que escurriera y los montó en un plato.

Se les quedó viendo y vio que se veía muy simple, puso rápidamente a calentar la leche que tenía guardada en la despensa, le agrego cacao y azúcar he hizo un chocolate, agarró una taza de peltre grande y lo colocó en medio del plato.

Como no quería que se le enfriaran los tequeños, salió disparada a la habitación del presidente con el plato en la mano.

Se consiguió a Víctor que dormía sentado en la puerta de entrada, le dio un puntapié que lo despertó de golpe, mientras ella esbozaba una sonrisa pícara, no sabía si era por los nervios o por el susto que le pegó a Víctor:

Acá está lo que pidió el general, hazme el favor y apúrate en entregárselo que se le enfría y quiere algo caliente.

Sí, sí, claro mi señora, ya se lo llevo— contestó agarrando el plato y entrando raudo a la habitación.

Ella se retiró hacia la cocina, era la primera vez que le decían señora, «lo que hace el carácter je, je, je» pensó.

Yvonne, ya en la cocina empezó a recoger las cosas, a guardarlas y limpiar, mientras esperaba la impresión o el comentario del general.

Cuando al rato terminó, no se veía ni escuchaba nada ni nadie, encogiéndose los hombros se resignó a esperar hasta la mañana para saber. Dirigiéndose a la cama se sintió muy cansada, apenas se acostó, se durmió.

La despertó el ruido de sus compañeros de cocina que se alistaban a elaborar el desayuno, recibían la leche, el queso fresco, unas aves, carne de res y entre otras cosas que se cocinaría hoy.

José, el  jefe de la cocina le preguntó a Yvonne cómo había sido la noche.

Mientras ella se iba al baño a enlistarse, le contó lo que había pasado y hecho. Al terminar de contarle él se quedó con los  ojos muy  abiertos mientras la veía caminar al baño.

En eso la voz del Presidente que conocía muy bien, lo sacó de golpe de sus pensamientos.

Buenos días a todos —exclamó entrando a la cocina—. ¡Hola José! —Continuó hablando— ayer una muchacha me preparó algo muy rico, quiero que lo hagan en más cantidad para ser llevados a la casa donde está mi hermano y lo compartamos con ellos, dale mi felicitación de mi parte, ya que no la veo por acá —decía esto mientras que con su mirada la buscaba.

Seguro mi presidente, se las daré. Se encuentra ahora alistándose para trabajar.
Bueno no se te olvide, de todas formas estaré pendiente de cuando la vea para dárselas.
¿Qué fue lo que le preparó Yvonne?  —José le inquirió.

No lo sé, pero me encantó, pregúntale. —Dejó la cocina dirigiéndose al despacho que tenía en ese lugar.

Ella, que cuando se dirigía al baño escuchó la voz del  general entrando a la cocina, se regresó y había oído todo a hurtadillas detrás de un gran escaparate  de vajillas de fina porcelana, sonreía durante el transcurso de la breve conversación, pero lo dicho al final le preocupaba.

¿Cómo iba a llamar a esa preparación?

Ahora si, corriendo rápido, se dirigió al baño a la vez que escuchaba su nombre en la voz de José que le reclamaba que fuera pronto a la cocina.

¡Yvonne apúrate que te necesito urgente!

Cuando ingresó a la cocina todos sus compañeros de trabajo la miraron sonrientes y le preguntaban por los detalles de lo preparado y por supuesto el nombre de lo elaborado.

Ella ya había recordado algunas conversaciones de su padre, de lo importante de sentirse orgulloso, de donde uno había nacido, crecido o vivido. En lo particular, su papá orgulloso de ser francés pero igualmente de vivir y querer a Venezuela y en especial a la ciudad de Los Teques, y como él denominaba a toda la familia, todos somos Tequeños, y pensó que le daría ese nombre a lo preparado por ella, un homenaje a su familia y la ciudad que tanto querían.

Como el tema de conversación durante el día había sido ella y lo cocinado en la noche, al momento de empezar a elaborarlos ya todos en la cocina sabían qué hacer.

Ya era el final de la tarde y ya tendría que irse pronto. No pudieron elaborarlos antes por que necesitaban más harina de trigo de la que tenían y fueron a pedir a donde hubiera para así cumplir las exigencias en cantidad. Es de recordar que el consumo de harina de trigo no era tan popular y extendido en esa época como ahora.

Ella preparó toda la masa, unos los estiraban con el rodillo y manos,  otros cortaban el queso.

José vigilaba el enorme caldero con manteca de cerdo que ya calentaba y agarraba temperatura poco a poco. Yvonne cortó la masa en tiras y enseñó a todos como envolver en forma de espiral: el trozo largo de queso cubriéndolo íntegramente y sin dejar queso a la vista.

Inmediatamente se pusieron a elaborar todos, estuvieron listos y metidos en cestas de comida para ser llevados a donde estaban esperándolos. La autora ya se había cambiado y presta a irse a su casa cuando Víctor entró a la cocina a buscarla y decirle que la acompañara a entregar el  pedido a solicitud del Presidente.

Yvonne lo siguió y para su asombro, se dirigieron al vehículo del Presidente, donde estaban las cestas de comida bien arregladas una sobre la otra.

Nunca se había montado en un automóvil. Entre la experiencia y el compromiso de llevar la preparación, era pura emoción para la joven cocinera.

El camino fue corto, de unos 15 minutos, a través de un camino montañoso que desembocó en una casa enorme de color amarillo, donde de carruajes y automóviles dificultaba llegar a la entrada.

Se bajaron del mismo, fueron a la cocina de la casa donde ya tenían unos grandes platos esperando para ser cubiertos por los pasapalos.

Aún estaban calientes gracias a los paños y las cestas que guardaron bien el calor de la comida. Esperaron unos minutos cuando un señor alto y con voz gruesa indicó que era la hora de salir.

La vio y con mirada firme le dijo:

Por favor acompáñeme a la sala que le esperan. —Ella giró su cabeza y cuerpo buscando a Víctor, pero este no estaba. Con cierta impaciencia, el Sr. Alto le preguntó— ¿es usted la señorita Yvonne?

Si —le contestó ella.

Pues sígame por favor, es de mala educación hacer esperar a las personas.

Ella apuró el paso y logró alcanzarlo.

Ya en la entrada del salón, luego de recorrer un pasillo, entraron.

Ella siempre siguiéndolo y en sentido a donde estaba el Presidente. Para su asombro había más personas de las que pudo imaginar al llegar y ver a los carruajes y automóviles, todos vestían con elegancia, ya tenían su creación en la mano y en la otra una copa con bebida.

Por estar mirando todo, se tropezó con el señor alto, para su suerte él ni se movió,  ella se arregló el cabello y él con aire de desdén la vio y dijo:
La Srta. Yvonne, su excelencia. —Seguidamente se apartó y la dejó sola al lado del Presidente.
Como podrá apreciar hay expectación por su preparación, que por cierto no sé cómo se llama.

Lo llamo «Tequeño» ya que fue creado en la ciudad de los Teques y es una manera de homenajear a su gente y ciudad.

El escuchó, como no era su costumbre, miró a la sala y habló a todos los presentes.

Anoche esta señorita llamada Yvonne, me preparó esto que ella llama «Tequeño». Espero que les guste tanto como a mí

Seguidamente todos empezaron a degustar y a expresar su satisfacción por lo sabroso que era. A  la mayoría les encantó el contraste en boca del delicado toque dulce de la masa con lo salado del queso.

Es de destacar que acá se refleja la ascendencia de la cocina familiar francesa de ella, ya que a estos les encanta esta combinación, a otros lo derretido y caliente del queso (cosa que probaron algunos por primera vez) fue de una aceptación inmediata, el general le dio las gracias por lo preparado por ella anoche  y que ahora eso no podía faltar en su cocina, Víctor le hizo una mueca que debía seguirlo, cosa que hizo despidiéndose.

Este hecho marca la presentación en sociedad del «Tequeño».

Esta preparación se quedó en la culinaria de Venezuela, en donde resulta infaltable en una fiesta o reunión y esto es motivado a que desde el día que el Presidente Juan Vicente Gómez dijo que le gustaba en el año 1922, toda persona que recibiera o no su presencia no podía menos que tener la preparación creada por Yvonne.

Con el transcurrir de los años, ha evolucionado en tamaños y rellenos, pero el auténtico tequeño es con queso blanco.
De la señorita Yvonne la historia le guarda un lugar. Ella, famosa cocinera, siguió creando platos extraordinarios, pero será en otra oportunidad que les hablemos de ellos.

WILFREDO JAVIER ARMAS OROPEZA

Administrador, Cocinero Profesional profesor en las cátedras de Técnicas de cocina (Francesa),  Historia de la cocina (Gastronomía), Cocina Venezolana y Etiqueta y Protocolo, creador y ponente del seminario: “¡Hablemos de la historia de la cocina y algo más!”, dictado en escuelas de cocinas liceos, y universidades de Venezuela.

8 comentarios en “El Nacimiento Del Tequeño como Pasapalo Venezolano”

  1. Oscar Bustamante

    Excelente y sabroso relato que para mí es todo un descubrimiento. Es como si estuviera probando un tequeño por primera vez.

    1. Y te invito Oscar a que prepares un tequeño con la receta que aquí te ofrecemos. Lo importante es que consigas un queso de muy buena calidad para que la experiencia sea aún más gratificante. Saludos y gracias por visitarnos.

  2. Un relato interesante, simpático y muy ilustrativo….
    Resulta interesante trasladarnos en la historia y adentrarnos en los diferentes detalles que se mencionan aquí tal como las comitivas que acompañaban al generalísimo, la ausencia todavía de las neveras eléctricas y las formas de conservar y almacenar los alimentos… Realmente resulta una lectura interesante y muy ilustrativa.

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